EL
ECLIPSE
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó
que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo
había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica
se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí,
sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España
distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos
Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que
confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de
indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo
ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como
el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino,
de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido
un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas
palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo
por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento
de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba
un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse
de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la
vida.
—Si me matáis —les dijo— puedo
hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé
sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño
consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé
Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios
(brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los
indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa,
una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses
solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían
previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
Augusto Monterroso
El
Ilustre Amor
1797
En el aire
fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la
pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena
la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose
a la reja de su ventana.
Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle
durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas.
Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago
por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le
ha puesto la cara negra.
A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva
el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona
su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El
vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal
de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y
empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el
séquito pasará frente a su casa.
Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará
a salir?
Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán,
entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa
con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico,
en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos
se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena.
Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo.
Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta
y sale.
Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está
inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd
se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora
los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente
de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de
Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para
tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la
caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va
hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.
Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de
Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le
roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor.
Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos,
cuya música decora el nombre ilustre: "Excmo. Domino Pedro
Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi..."
El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos
de quién gime así. Y el secretario virreinal también,
sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más
se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas
jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de
la ciudad.
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja
la casa?
Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor
de los largos rosarios.
-¿Por qué llorará así Magdalena?
A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué
puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro?
¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante,
al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando,
como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira
y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la
brisa se empieza a enfriar.
Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes.
Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don
Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos.
Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero,
levántase la gloria de los salmos.
El deán comienza a rezar el oficio.
Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules.
Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge
meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra
las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!
El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la
primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués
de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece
al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.
Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá
arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus
trofeos, con sus insignias.
-¿Qué le acontece a Magdalena?
Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.
Chisporrotean, celosas.
-¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio?
¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella
y el Virrey? Pero no, no, es imposible... ¿cuándo?
Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza,
caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio,
primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general
de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia
Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo
que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas
de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como
el ébano, en el oscilar de las antorchas.
Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los "Dominus vobis cum".
Las vecinas se codean:
¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra...
¡Y qué calladito lo tuvo!
Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de
todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio,
más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto
hacia quien tan cerca estuvo del amo.
La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa
Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse
en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa
Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro
hermanas jóvenes no osan mirarse.
¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá
reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con
mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante
la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin
nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza
Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría
ella al Fuerte?
¿Dónde se encontrarían?
-¿Qué hacemos? -susurra la segunda.
Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja
del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso.
Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea
en torno de su magnificencia displicente.
Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante
Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber
por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el
orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las
casacas y ojean furtivamente alrededor.
Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza
insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante
fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo
hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma,
hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel
de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola
para siempre.
Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas
cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante.
Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá
encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso,
casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó
por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a
quien no había visto nunca.
Manuel
Mujica Láinez
Los pocillos
Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además
importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de
Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese
día el comentario de cajón había sido que podía
combinarse la taza de un color con el platillo de otro. "Negro con
rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético
de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había
decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.
"El
café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó
Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos
en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José
Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito.
Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró
a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos
ojos no parecían de ciego.
La mano de
José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá.
"¿Qué buscás?", preguntó ella. "El
encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el
rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado
afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita,
pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano
izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del
calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su
ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con
una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también
las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño.
Es un regalo de Mariana."
Ella abrió
apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la
lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo
de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía
veía. Habían almorzado en casa de los padres de José
Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y
después se habían ido a caminar por la playa. El le había
pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida,
probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento
y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba
antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron
a medias. Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca
confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después
de todo, ¿qué servía aún de aquella época?
"Este
mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto.
"No."
"¿Querés
que te sea sincero?"
"Claro."
"Me
parece una idiotez de tu parte."
"¿Y
para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud
de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón
golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para
eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."
La época
anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido especialista
en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado
de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este
resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso
no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló
el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a
refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio
terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún
cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado
de hablar de sí.
"De
todos modos debería ir", apoyó Mariana. "Acordate
de lo que siempre te decía Menéndez."
"Cómo
no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra
frase famosa: La Ciencia No Cree en Milagros.
Yo tampoco
creo en milagros." "¿Y por qué no aferrarte a
una esperanza? Es humano."
"¿De
veras?" Habló por el costado del cigarrillo.
Se había
escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir,
simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa.
Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había
bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad
que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor
desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a
su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección.
Y Mariana hubiera querido -sinceramente, cariñosamente, piadosamente-
protegerlo.
Bueno, eso
era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero
fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo,
que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño,
ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo
eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose
solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad
de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre
a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible
retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún
en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la
palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego.
Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta
oficiara de muro de contención para el incómodo estupor
de los otros.
Alberto se
levantó del sofá y se acercó al ventanal.
"Que
otoño desgraciado", dijo, "¿Te fijaste?"
La pregunta era para ella.
"No",
respondió José Claudio. "Fijate vos por mí."
Alberto la
miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José
Claudio, y sin embargo, apropósito de él. De pronto Mariana
supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto se
ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche
del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año
y ocho días: una noche en que José Claudio le había
gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente
triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado
el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De
dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la
gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía
de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias",
había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba
a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios,
sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud,
pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo.
Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco
provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le
había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido,
tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había
fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado
tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir,
cuando él parecía necesitarla más.
A Alberto,
en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese
primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre
todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado
su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila,
un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también,
y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto
y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa,
que se detenía con espontánea discreción en los umbrales
del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad
algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente
felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que
él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho
que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable
soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata
era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.
"Y ayer
estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio, "a hacerme
la clásica visita adulona que el personal de la fábrica
me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a
la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme."
"También
puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un
buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén
preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te
parece de un tiempo a esta parte."
"Qué
bien. Todos los días se aprende algo nuevo." La sonrisa fue
acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro
nivel de ironía.
Cuando Mariana
había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo,
de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que
a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba
tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía
tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una
razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse
responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud,
por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que
él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás,
por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad
aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir,
sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios.
Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto
para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que
se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos
días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos
menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había
ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.
"Ahora
sí podés calentar el café", dijo José
Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender
el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo
había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos
así, formando un triángulo.
Después
se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró
lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla.
Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente
y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera
vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había
sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una
dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de
la caricia. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar.
Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie
de protección divina.
Sentado frente
a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud.
Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una
especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar
el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano
acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió
lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los
labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó
silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos.
Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo.
Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía
siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de
ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente,
ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.
"No
lo dejes hervir", dijo José Claudio.
La mano de
Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la
mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa
de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.
Todos los
días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería
el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para
ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido,
pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña,
apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras
que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero
tomar en el pocillo rojo."
Mario Benedetti
Me
encanta Dios
Me encanta Dios. Es un viejo magnífico
que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces
se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente.
Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con
las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma,
o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero
esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande
se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña,
que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte:
para que la vida - no tú ni yo - la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang...
Pero ¿que importa si el universo se expande interminablemente o
se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien
el tránsito en el camino de las hormigas. y es tan juguetón
y travieso que el otro día descubrí que ha hecho frente
al ataque de los antibióticos con ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos
de plomo de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera
increíble.
Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando
pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales
de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero
esto es mentira. Es la tierra que cambia- y se agita y crece- cuando Dios
se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis
padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos,
la mujer mas amada, el perrito y la pulga, la piedra mas antigua, el pétalo
mas tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo
de luz, el manantial que soy.
A mi me gusta, a mi me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.
Jaime Sabines
La
Casa de Asterión
Sé
que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez
de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo)
son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también
es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están
abiertas día y noche a los hombres y también a los animales.
Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí
ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la
soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de
la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.)
Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa.
Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero.
¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré
que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer
he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el
temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas,
como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido
llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que
me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba;
unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros
juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano
fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia
lo quiera.
El hecho es que soy
único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros
hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el
arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida
en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás
he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa
no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque
las noches y los días son largos.
Claro que
no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro
por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo
a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me
buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme.
A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y
la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces
ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero
de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo
que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias
le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos
en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta
o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás
cómo el sótano se bifurca.
A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he
imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas
las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro
lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce
[son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es
del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a
fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías
de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas
y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche
me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares
y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos
cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado
sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y
el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve
años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de
todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de
piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos.
Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron,
quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería
de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos
profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría
mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que
vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído
alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá
me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo
será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un
hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O
será como yo?
El sol de la mañana
reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio
de sangre.
-¿Lo creerás,
Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
Jorge Luis Borges
Los
amigos
En
ese juego todo tenía que andar rápido. Cuando el Número
Uno decidió que había que liquidar a Romero y que el Número
Tres se encargaría del trabajo, Beltrán recibió la
información pocos minutos más tarde. Tranquilo pero sin
perder un instante, salió del café de Corrientes y Libertad
y se metió en un taxi. Mientras se bañaba en su departamento,
escuchando el noticioso, se acordó de que había visto por
última vez a Romero en San Isidro, un día de mala suerte
en las carreras. En ese entonces Romero eta un tal Romero, y él
un tal Beltrán; buenos amigos antes de que la vida los metiera
por caminos tan distintos. Sonrió casi sin ganas, pensando en la
cara que pondría Romero al encontrárselo de nuevo, pero
la cara de Romero no tenía ninguna importancia y en cambio había
que pensar despacio en la cuestión del café, y del auto.
Era curioso que al Número Uno se le hubiera ocurrido hacer matar
a Romero en el café de Cochabamba y Piedras, y a esa hora; quizá,
si había que creer en ciertas informaciones, el Número Uno
ya estaba un poco viejo. De todos modos, la torpeza de la orden le daba
una ventaja: podía sacar el auto del garaje, estacionarlo con el
motor en marcha por el lado de Cochabamba, y quedarse esperando a que
Romero llegara como siempre a encontrarse con los amigos a eso de las
siete de la tarde. Si todo salía bien evitaría que Romero
entrase en el café, y al mismo tiempo que los del café vieran
o sospecharan su intervención. Era cosa de suerte y de cálculo,
un simple gesto (que Romero no dejaría de ver, porque era un lince),
y saber meterse en el tráfico y pegar la vuelta a toda máquina.
Si los dos hacían las cosas como era debido -y Beltrán estaba
tan seguro de Romero como de él mismo- todo quedaría despachado
en un momento. Volvió a sonreír pensando en la cara del
Número Uno cuando más tarde, bastante más tarde,
lo llamara desde algún teléfono público para informarle
de lo sucedido.
Vistiéndose despacio, acabó el atado de
cigarrillos y se miró un momento al espejo. Después sacó
otro atado del cajón, y antes de apagar las luces comprobó
que todo estaba en orden. Los gallegos del garaje le tenían el
Ford como una seda. Bajó por Chacabuco, despacio, y a las siete
menos diez se estacionó a unos metros de la puerta del café,
después de dar dos vueltas a la manzana esperando que un camión
de reparto le dejara el sitio. Desde donde estaba era imposible que los
del café lo vieran. De cuando en cuando apretaba un poco el acelerador
para mantener el motor caliente; no quería fumar, pero sentía
la boca seca y le daba rabia.
A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda
de enfrente; lo reconoció enseguida por el chambergo gris y el
saco cruzado. Con una ojeada a la vitrina del café, calculó
lo que tardaría en cruzar la calle y llegar hasta ahí. Pero
a Romero no podía pasarle nada a tanta distancia del café,
era preferible dejarlo que cruzara la calle y subiera a la vereda. Exactamente
en ese momento, Beltrán puso el coche en marcha y sacó el
brazo por la ventanilla. Tal como había previsto, Romero lo vio
y se detuvo sorprendido.
La primera bala le dio entre los ojos, después
Beltrán tiró al montón que se derrumbaba. El Ford
salió en diagonal, adelantándose limpio a un tranvía,
y dio la vuelta por Tacuarí. Manejando sin apuro, el Número
Tres pensó que la última visión de Romero había
sido la de un tal Beltrán, un amigo del hipódromo en otros
tiempos.
Julio
Cortázar
Mi
vida con la ola
Cuando
deje aquel mar, una ola se adelanto entre todas. Era esbelta y ligera.
A pesar de los gritos de las otras, que la detenian por el vestido flotante,
se colgo de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada,
porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además,
las miradas colericas de las mayores me paralizaron.
Cuando llegamos al
pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la
ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha
salido del mar. Me miro seria: "Su decisión estaba tomada.
No podia volver." Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro,
grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día
siguiente empezaron mis penas. Cómo subir al tren sin que nos vieran
el conductor, los pasajeros, la policia? Es cierto que los reglamentos
no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero
esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría
nuestro acto.
Tras de mucho cavilar
me presente en la estación una hora antes de la salida, ocupé
mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito
de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él
a mi amiga.
El primer
incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino
declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí
refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra
sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante
me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito
y abrio la llave . Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse
de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro.
Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvio abrir
el depósito.
Lo cerré con violencia.
La señora
se llevo el vaso a los labios: -Ay el agua esta salada. El niño
le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido llamo al Conductor:
-Este individuo echo sal al agua. El Conductor llamo al Inspector: -Conque
usted echo substancias en el agua? El Inspector llamo al Policia en turno:
-Conque usted echo veneno al agua? El Policia en turno llamo al Capitan:
- Conque usted es el envenenador? El Capitán llamo a tres agentes.
Los agentes me llevaron a un vagón solitario, entre las miradas
y los cuchicheos de los pasajeros.
En la primera estacion me bajaron y a empujones me arrastraron a la cárcel.
Durante dias no se me hablo, excepto durante los largos interrogatorios.
Cuando contaba mi caso nadie me creia, ni siquiera el carcelero, que movia
la cabeza, diciendo: "El asunto es grave, verdaderamente grave. No
había querido envenenar a unos niños?" Una tarde me
llevaron ante el Procurador. -Su asunto es difícil -repitió-.
Voy a consignarlo al Juez Penal. Así paso un año. Al fin
me juzgaron. Como no hubo víctimas, mi condena fue ligera. Al poco
tiempo, llego el dia de la libertad. El Jefe de la Prisión me llamo:
-Bueno, ya esta libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias.
Pero que no se vuelva a repetir, por que la proxima le costara caro...
Y me miro con la misma mirada seria con que todos me veian.
Esa misma
tarde tome el tren y luego de unas horas de viaje incómodo llegue
a México. Tome un taxi y me dirigí a casa. Al llegar a la
puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí un dolor
en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa
nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba alli, cantando y riendo como
siempre. -Cómo regresaste? -Muy fácil: en el tren. Alguien,
después de cerciorarse de que sólo era agua salada, me arrojo
en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco
de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina.
Adelgace mucho. Perdí muchas gotas. Su presencia cambio mi vida.
La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se lleno de aire, de
sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de
reverberaciones y ecos.
Cuántas
olas es una ola o como puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un
pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados,
los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados por sus
manos ligeras. Todo se puso a sonreir y por todas partes brillaban dientes
blancos.
El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba en casa
por horas, cuando ya hacia tiempo que habia abandanado las otras casas,
el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas
estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas. El amor era un juego,
una creacion perpetua. Todo era playa, arena, lecho de sábanas
siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguia, increiblemente esbelta,
como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecia en un
chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caian sobre mi cabeza
y mi espalda y me cubrian de blancuras. O se extendia frenta a mi, infinita
como el horizonte, hasta que yo también me hacia horizonte y silencio.
Plena y sinuosa, me elvolvia como una musica o unos labios inmensos. Su
presencia era un ir y venir de caricias, de rumores, de besos.
Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba
arriba, en lo alto del vertigo, misteriosamente suspendido, para caer
despues como una piedra , y sentirme suavemente depositado en lo seco,
como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no
es despertar golpeado por mil alegres latigos ligeros, por arremetidas
que se retiran riendo.
Pero jamás
llegue al centro de su ser. Nunca toque el nudo del ay y de la muerte.
Quiza en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal
a la mujer, ese pequeño boton electrico donde todo se enlaza, se
crispa y se yergue, para luego desfallecer . Su sensibilidad, como las
mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concentricas, sino
excentricas, que se extendian cada vez mas lejos, hasta tocar otros astros.
Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas
que no sospechamos.
Pero su centro... no, no tenia centro, sino un vacio parecido al de los
torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba.
Tendido el
uno al lado de otro , cambiabamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha
un ovillo, caia sobre mi pecho y alli se desplegaba como una vegetacion
de rumores. Cantaba a mi oido, caracola. Se hacia humilde y transparente,
echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan limpìda
que podia leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su piel se cubria
de fosforecencias y abrazarla era abarazar un pedazo de noche tatuada
de fuego. Pero se hacia tambien negra y amarga. A horas inesperadas mugia,
suspiraba, se retorcia.
Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oirla el viento del mar se ponia
a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas.
Los dias nublados la irritaban; rompia muebles, decia malas palabras,
me cubria de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupia, lloraba,
juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la
luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que
a mi me parecia fantastica, pero que era tal como la marea.
Empezo a quejarse
de soledad. Llene la casa de caracolas y conchas, pequeños barcos
veleros, que en sus dias de furia hacia naufragar (junto con los otros,
cargados de imagenes, que todas las noches salian de mi frente y se hundia
en sus feroces o graciosos torbellinos). Cuantos pequeños tesoros
se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni el canto
silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veia nadar
en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar su
cabellera con leves relampagas de colores. Entre todos aquellos peces
habia unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños
tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No
se por que aberracion mi amiga se complacia en jugar con ellos, mostrandoles
sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas
horas encerrada con aquellas horribles criaturas.
Un día no pude
mas; eche abajo la puerta y me arroje sobre ellos. Agiles y fantasmales,
se me escapaban entre als manos mientras ella reia y me golpeaba hasta
derribarme. Senti que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado
ya, me deposito en la orilla y empezo a besarme, y humillado. Y al mismo
tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce
y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados.
Cuando volvi en mi,
empece a temerla y a odiarla. Tenia descuidados mis asuntos. Empece a
frecuentar los amigos y reanude viejas y queridas relaciones. Encontre
a una amiga de juventud. Haciendole jurar que me guardaria el secreto,
le conte mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la
posibildad de salvar a un hombre.
Mi redentora
empleo todas sus artes, pero, qué podia una mujer, dueña
de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre
cambiante - y siempre identica a si misma en su metamorfosis incesantes?
Vino el invierno. El cielo se volvio gris. La niebla cayo sobre la ciudad.
Lovia una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante
el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba,
como una vieja que rezonga en un rincon. Se puso fria; dormir con ella
era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente la sangre,
los huesos, los pensamientos. Se volvio impenetrable, revuelta. Yo salia
con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas. Ella, en
su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva
roia los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciendome
reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo
de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me
injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas
y fantasmas.
Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rapidos y obtusos.
Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos
se volvieron cuerdas asperas que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso
y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba, golpeaba,
golpeaba.
Huí.
los horribles peces reían con risa feroz. Allà en las montañas,
entre los altos pinos y los despeñaderos, respire el aire frio
y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé.
Estaba decidido.
Había hecho tanto frío que encontré sobre el marmol
de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió
su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí
a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras
la vendí a un cnatinero amigo, que inmediantamente empezó
a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente
en las cubetas donde se enfrían las botellas.
Octavio
Paz
La
salvación
Ésta
es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor
paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá
del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda
de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última
obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones
técnica y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió
en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió
la causa. "¿Cómo un ser tan ínfimo" - sin
duda estaba pensando el tirano - "es capaz de lo que yo, pastor de
pueblos, soy incapaz?".
Entonces
un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado
por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría.
"Por humildes que sean" - dijo indicando el pájaro -
"hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros".
Adolfo Bioy Casares
Celebración
de la fantasía
Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había
despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las
ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo,
se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía
darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé
que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito
en la mano.
Súbitamente,
se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado
de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que
yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío,
pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor
y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas
y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.
Y
entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas
de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra
en su muñeca:
-Me
lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo
-Y
anda bien -le pregunté
-Atrasa
un poco -reconoció.
Eduardo
Galeano
Remedios
la bella
Uno
de los personajes más fascinantes de Macondo. Remedios es una mujer
bellísima y extraña, elemental y pura, que vive como ajena
a la vida ordinaria. Su belleza enciende el deseo de los hombres, pero
aquellos que intentan consumarlo mueren de forma inesperada. Veamos el
poético final de la historia de tan insólita mujer.
La suposición
de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces
sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros
de palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar
la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue
que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no sólo para
rendirla sino también para conjurar sus peligros, habría
bastado con un sentimiento tan primitivo, y simple como el amor, pero
eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie.
Úrsula no volvió a ocuparse de ella. En otra época,
cuando todavía no renunciaba al propósito de salvarla para
el mundo, procuró que se interesara por los asuntos elementales
de la casa. "Los hombres piden más de lo que tú crees",
le decía enigmáticamente. "Hay mucho que cocinar, mucho
que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo
que crees." En el fondo se engañaba a sí misma tratando
de adiestrarla para la felicidad doméstica,, porque estaba convencida
de que, una vez satisfecha la pasión, no había un hombre
sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una
negligencia que estaba más allá de toda comprensión.
El nacimiento del último José Arcadio, y su inquebrantable
voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus
preocupaciones por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando
que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde había
de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar
con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda
tentativa de convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas
del costurero, cuando la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta
a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión
simple de que era boba. "Vamos a tener que rifarte", le decía,
perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres.
Más tarde, cuando Úrsula se empeñó en que
Remedios, la bella, asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla,
Amaranta pensó que aquel recurso misterioso resultaría tan
provocador, que muy pronto habría un hombre lo bastante intrigado
como para buscar con paciencia el punto débil de su corazón.
Pero cuando vio la forma insensata en que despreció a un pretendiente
que por muchos motivos era más apetecible que un príncipe,
renunció a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa
de comprenderla. Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en
el carnaval sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria.
Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta
que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó
fue que los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que
el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo
que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido
que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento
con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la
buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto
de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños
sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin
horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una
tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas
de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había
empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba
transparentada por una palidez intensa.
-¿Te
sientes mal? -le preguntó.
Remedios,
la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo,
hizo una sonrisa de lástima.
-Al contrario
-dijo-, nunca me he sentido mejor.
Acabó
de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz
le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó
en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los
encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la sábana
para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse.
Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para
identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las
sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le
decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de
las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella
el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través
del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella
para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los
más altos pájaros de la memoria.
Gabriel García Márquez
Acuérdate
Acuérdate
de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que
dirigía las pastorelas y que murió recitando el "rezonga,
ángel maldito" cuando la época de la influencia. De
esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de
él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello
de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy
juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían
la Arremangada, y la otra, que era requetealta y que tenía los
ojos zarcos; y que hasta se decía que ni era suya y que por más
señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que
armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación
soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo
y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua
con azúcar y entonces se calmaba.
Ésa
acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera
que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el
molino de linaza de los Teódulos.
Acuérdate.
Acuérdate
que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida
en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice
que tuvo su dinero pero se lo acabó en los entierros, pues todos
los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba
cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas
y coros de monaguillos que cantaban "hosannas" y "glorias"
y la canción esa de "ahí te mando; Señor, otro
angelito". De eso se quedó pobre, porque le. resultaba caro
cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del
velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron
pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último
parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.
La
debes haber conocido, pues era realegadora y cada rato andaba en pleito
con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar
muy caro los jitomates; pegaba de gritos y decía que la estaban
robando. Después, ya de pobre, se le veía rondando entre
la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que
otro cañuto de caña "para que se les endulzara la boca
a sus hijos".
Tenía
dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron.
Después
no se supo ya de ella.
Ese
Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos
meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las
trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y
nosotros se las comprábamos cuando lo más fácil era
ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba
del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que
compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía
a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa:
canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de
esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy
lejos.
Nos
traficaba a todos, acuérdate.
Era
cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los
pocos días de casado y que Natalia, su mujer, para mantenerse,
tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras
Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina
que le prestaban en la peluquería de don Refugio, nosotros íbamos
con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache, que siempre le.
quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca
teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos,
porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera
a cobrarnos.
Quizá
entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo
expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron
con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de
los lavaderos, metidos en un aljibe seco.
Lo
sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos,
pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para
avergonzarlo.
Y
él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos
a todos con la mano y como diciendo: "Ya me las pagarán caro."
Y
después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada
raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto;
un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido
de coyote.
Sólo
que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen
que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza
que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se
fue del pueblo.
Lo
cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta
por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza
de armas, sentado en una banca con la carabina entre las piernas y mirando
con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie.
Y
si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no
conociera a la gente.
Fue
entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina.
Al
Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito
después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las
campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la
gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera
y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba
con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con
el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso,
como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí
se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina
y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del
jardín, donde se estuvo tendido.
Allí
lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes
estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al
padre cura, pero que él no se la dio.
Lo
detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar
llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró
la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que
más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú
te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela
y lo conociste como yo.
Juan
Rulfo
El
extraño
Infeliz
es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza.
Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos
y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras
de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de
árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que
agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo
que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado,
el estéril, el arruinado; sin embargo, me siento extrañamente
satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos
cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el
otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente
horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la
mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de
los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y
por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres
de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía
encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio;
tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban
por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba
el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi
en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado
muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo.
Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades; sin embargo, no
puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente
salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo
que, quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente
viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona
viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y
deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de
grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra
cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba
estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales
que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros
mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro
alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado
en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía;
ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada
nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo
una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en
el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de
las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros.
Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos
y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había
leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres,
en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté
de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras
se hacían más densas y el aire más impregnado de
crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente
por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre
silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba
y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra
soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer
inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre
en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior
e ignoto.
Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor
era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado
jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños
de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí
en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía
un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso
era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso
y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos.
Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que
por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se
disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado,
me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué
no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado
hacia abajo. Se me antojó que la noche había caído
de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en
busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera
y arriba y calcular a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a
ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí
que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía
haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé
la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo
que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre,
aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer;
hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto
donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando
la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso
avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos
iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión
había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía
a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre
inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara
de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto
tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé
en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra,
oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la
esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas
ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la
pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera
el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído.
Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron
amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles
cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba
y más me preguntaba qué extraños secretos podía
albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo
subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco
de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa
a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta
estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos
los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me invadió
el éxtasis más puro jamás conocido; a través
de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata
de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta,
brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena,
a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas
visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí
rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja;
pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y
en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía
muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras
un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor a precipitarme
desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió
a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el
de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes
podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las
extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama
en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente
en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles
vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor,
al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en
compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas,
y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba
fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome
por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones.
Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía
en ella ese frenético anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento
de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba,
si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba
resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No
sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían
ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía
mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido
recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin
rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino,
otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas
en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en
tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar
a nado un rápido río cuyos restos de mampostería
agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué
a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de
hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante
familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades.
Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres
que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían
nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé
con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas,
inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de
la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una
de ellas, miré al interior y vi un grupo de personas extrañamente
vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás
había oído la voz humana, apenas sí podía
adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones
que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran
absolutamente ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente
iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de
esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó
en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más
aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado
de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un
inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba
los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más
espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y
del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los
que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos
y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando
los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento
de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez
más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a
temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin
que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío,
pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar
una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado
que conducía a otra habitación, similar a la primera. A
medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia
con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido
que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó
casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible
intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que,
por obra de su mera aparición, había convertido una alegre
reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía,
pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal
y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud
y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino;
la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería
ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o
al menos había dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme horror
de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían,
una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas
y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más
aún.
Estaba casi paralizado, poro no tanto como para no hacer un débil
esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás
que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo
sin voz y sin nombre.
Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los
miraba fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras
el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté
de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado
que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo,
el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome,
di unos pasos hacia adelante para no caer.
Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la
proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi
la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no
obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que
se acercaba más y más, cuando de pronto mis dedos tocaron
la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del
arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan
en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron
caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más
allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí
el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible,
la impía abominación que se erguía ante mí,
mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura,
y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante
olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo
se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre
sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché
a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné
al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré
que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté,
ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles.
Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de
la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka,
en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo.
Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre
las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría,
salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide;
y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad agradezco casi la amargura
de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un
extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún
son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia
esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí
mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie de pulido
espejo.
H.P. Lovecraft
El
puente
Yo era rígido
y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un puente.
En un extremo estaban las puntas de los pies; al otro, las manos, aferradas;
en el cieno quebradizo clavé los dientes, afirmándome. Los
faldones de mi chaqueta flameaban a mis costados. En la profundidad rumoreaba
el helado arroyo de las truchas.
Ningún turista se animaba hasta estas alturas intransitables, el
puente no figuraba aún en ningún mapa.
Así yo yacía y esperaba; debía esperar. Todo puente
que se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse.
Fué
una vez hacia el atardecer -no sé si el primero y el milésimo-,
mis pensamientos siempre estaban confusos, giraban siempre en redondo;
hacia ese atardecer de verano; cuando el arroyo murmuraba oscuramente,
escuché el paso de un hombre. A mí, a mí. Estírate
puente, ponte en estado, viga sin barandales, sostén al que te
ha sido confiado. Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso;
si se tambalea, date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo
en tierra firme.
Llegó
y me golpeteó con la punta metálica de su bastón,
luego alzó con ella los faldones de mi casaca y los acomodó
sobre mi. La punta del bastón hurgó entre mis cabellos enmarañados
y la mantuvo un largo rato ahí, mientras miraba probablemente con
ojos salvajes a su alrededor. fué entonces -yo soñaba tras
él sobre montañas y valles- que saltó, cayendo con
ambos pies en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en medio de un salvaje
dolor, ignorante de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Un
niño? ¿Un sueño? ¿Un salteador de caminos?
¿Un suicida? ¿Un tentador? ¿Un destructor? Me volvi
para poder verlo. ¡El puente se da vuelta! No había terminado
de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba y ya estaba desgarrado
y ensartado en los puntiagudos guijarros que siempre me habían
mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.
Franz
Kafka
El
corazón delator
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy
nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman
ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos,
en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más
agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra
y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo
puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura,
con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza
por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día.
Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba
colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había
hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba.
Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo
semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada
vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así,
poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme
de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos
no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si
hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con
qué cuidado... con qué previsión... con qué
disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el
viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce,
hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh,
tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande
para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente
cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la
cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán
astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente,
a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera
introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta
verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido
tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente
dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh,
tan cautelosamente!
Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían
las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de
luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas
noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo
cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el
viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas
iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le
hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial
y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven
ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar
que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras
dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre
al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez
de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche,
había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas
lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba
ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera
soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí
entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo
sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara.
Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero
no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente
las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible
distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente,
suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna,
cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo
se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera
no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí
que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando...
tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba
en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace
del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado
sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien
conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando
el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con
su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo
conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo
y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón.
Comprendí que había estado despierto desde el primer leve
ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse
que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es
más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió
una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo
con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque
la Muerte se había aproximado a él, deslizándose
furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia
de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque
no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza
dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin
oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña,
una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado,
con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante
al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de
lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme
mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con
aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía
ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto,
había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es
sólo una excesiva agudeza de los sentidos?
En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y
presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón.
Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón
del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el
redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba.
Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener
con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el
infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada
vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento.
El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más
fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención?
Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche,
en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño
como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo,
me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil.
¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más
fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una
nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino
podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había
sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité
en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más
que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle
encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil
que me había resultado todo.
Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo
con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría
escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir.
El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné
el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé
la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo.
No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo
no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de
hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté
para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía
mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé
el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y
escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones
con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo-
hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que
lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado
precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja,
ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía
tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas
de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con
toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como
oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había
escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún
atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían
comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la
bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado
aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había
ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer
la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente,
acabé conduciéndolos a la habitación del muerto.
Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba
en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación
y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su
fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba
mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de
mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían
convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse
y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación.
Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido
y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía
percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban
sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía
resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta
para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba
haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta
de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí
hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido
aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado
y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto
en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin
embargo, los policías no habían oído nada. Hablé
con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente.
Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta
y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente.
¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes
pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran;
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