La
marioneta
El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios
hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de
un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y
esguinces, trastabilla sobre el desorden de un camerino, eslabona angustias
de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída.
Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como
muñeco absurdo.
La marioneta –un payaso cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño
sonriente, una nostalgia infinita- ha observado el drama de quien le da
transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas
concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con
los cuales él adquiere movimiento.
Edmundo
Valadés
Cabecita
Negra
A
Raúl Kruschovsky
El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de
la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío acodado en
ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando
encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de
dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por
la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había
vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.
Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado
escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro de verdulero
cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana
con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado
de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas,
opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose
entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los
pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas
visibles, calle abajo.
Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado
y andaría abombado como un sonámbulo todo el día.
Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse
en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí,
fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurría
hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se
había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano.
Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio
de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto
sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría
muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque
lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse
los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba
cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas
ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad.
Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una
cucaracha.
Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno
de esos tes de yuyos que ella tenía y ¡santo remedio!. Pero
suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a
pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a
la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo pensó,
no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su
padre había sido un cobrador de la luz,un inmigrante que se había
muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había
trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso
cerca del Congreso, en propiedad horizontal y hacía pocos meses
había comprado el pequeño Renault que ahora estaba abajo,
en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos apliques
cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo
iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana
donde pasaba las vacaciones. No, no podía quejarse. Se daba todos
los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente
se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había
tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos donde
los desórdenes políticos eran la rutina había estado
varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el
escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido
que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho
lo mismo con él.
Así era la vida. Pero había salido adelante. Además
cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le
gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso
y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó
que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno
no podía hacer todo lo que quería, que tenía que
seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar.
Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido
para que lo llamaran "señor". Y entonces juntó
dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no
le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la
calle, podían estar matándose. Pero él tenía
esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía
vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único
que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana.
La niebla era más espesa. Un silencio pesado había caído
sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor
Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.
De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba
a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras,
gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor
Lanari dio un respingo y se estremeció asustado. La mujer aullaba
de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como
un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de
noche, podía despertar a alguien, había que hablar más
bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de nuevo,
reventando el silencio y la calma y el orden, haciendo escándalo
y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior
a las palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.
El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio
por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y
fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada
más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía
el letrero luminoso Para Damas en la puerta, despatarrada y borracha,
casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida
y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes
flores chillonas y rojas, y la cabeza sobre el pecho y una botella de
cerveza bajo el brazo.
Quiero ir a casa, mamá lloraba. Quiero cien pesos
para el tren para irme a casa.
Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último
escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.
El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad,
se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la
vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados
en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió
satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos,
despreciándola despacio.
- ¿Qué están haciendo ahí ustedes dos?-
la voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya sintió
una mano sobre su hombro.
- A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden
en la vía pública.
El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto
de complicidad al vigilante.
Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después
se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.
Entonces se dio cuenta que el vigilante también era bastante morochito
pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.
Viejo baboso- dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito
despectivo, seguro, sobrador que tenía adelante- Hacete el
gil ahora.
El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.
- Vamos. En cana.
El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó
violentamente y le gritó al policía.
- Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar
muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando?-.
Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El
señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.
- Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que
no me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés lavar las
manos?- dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando
a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada,
ausente y callada mirando simplemente todo.
El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué
tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué
pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces
no lo creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había
pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible
para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio
había tenido la culpa Y no había ninguna garantía
de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas
en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía
confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza
inútil.
Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer- dijo señalándola.
Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban
ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba
callada, para peor, era la única culpable.
De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto
que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos
salvajes, inyectados y malignos, bestiales con grandes bigotes de morsa.
Un animal. Otro cabecita negra.
Señor agente- le dijo en tono confidencial y bajo como
para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía
como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando,
ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.
- Venga a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera.
Va a ver que todo lo que le digo es cierto- y sacó una tarjeta
personal y los documentos y se los mostró-. Vivo ahí al
lado- gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso,
sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado
para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo,
hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.
El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si
el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó
a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente
se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari
prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas.
La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó
profundamente dormida.
Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo
o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros,
al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia;
sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un
escándalo y nadie le creería su explicación y quedaría
repudiado, como culpable de una oscura culpa, y "yo no hice nada"
mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la mañana,
porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por
esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una
basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.
- Dame café- dijo el policía y en ese momento el señor
Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había
trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así de
repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba
de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos
un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer.
De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría
porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía
que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas
que había conseguido en años y años de duro trabajo,
todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba
en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía
nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer
la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que
se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuando se le
desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari,
sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con
los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos
pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura.
Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia
de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había pedido estudiar
violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión
suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía
presente.
Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese hombre.
Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro?
Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo,
como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo,
una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió que justo ahora
quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó
los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera
y se puso a tomar despacio.
El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían
lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía
lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que
estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros
que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para
enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto
a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes
hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba
y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa
china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que
ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí,
tomando su coñac. La casa estaba tomada.
- ¿Qué le hiciste?- dijo al fin el negro.
- Señor,
mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así
que haga el favor de. . .- el policía o lo que fuera lo agarró
de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el
señor Lanari sintió cómo le corría la sangre
por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le
estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos
desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas
por algo que no entendía y todo era un manicomio
Es
mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa ella se vino a trabajar
como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden
llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero
hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar
todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...
El señor
Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir
a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió
de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó
a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor
Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces
fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:
- Este no
es, José.
Lo dijo con
una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor
Lanari vio la cara atontada, despavorida humillada del otro y vio que
se detenía bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez,
y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro "Por
fin se me va este maldito insomnio" y se quedó bien dormido.
Cuando despertó,
el sol estaba alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo
en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente
la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió
que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar
en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar todos los cajones,
todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía,
y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué
hacer? ¿A quién recurrir? Podría ir a la comisaría,
denunciar todo pero ¿denunciar qué? ¿Todo había
pasado de veras? "Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado
nada", trataba de decirse pero era inútil: le dolía
la boca del estómago y todo estaba patas arriba y la puerta de
calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. "La
chusma", dijo para tranquilizarse, "hay que aplastarlos, aplastarlos",
dijo para tranquilizarse. "La fuerza pública", dijo,
"tenemos toda la fuerza pública y el ejército",
dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor
Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada.
De nada.
Germán
Rozenmacher
Hombre
Siempre quise
enamorarme de un hombre que no tuviera ombligo. Y lo encontré luego
de haberlo buscado, sin admitirlo, durante un largo tiempo. Muchas veces
frustré relaciones amorosas contundentes que tenían ombligos
arrasadores.
Uno de esos
amores abandonados descubrió mi debilidad y quiso desacreditarme.
Para eso me comparó con “las mujeres que no saben volar”.
Minimizó mi deseo con argumentos falaces: sólo los poetas
le ponen nombre a deseos celestiales. Razón siguiente, me acusó
de ser subterránea y mezquina por ambicionar a un hombre sin historia.
Mi hombre
desombligado tiene historia. Todos tenemos una o la inventamos. No sé
si la suya es verdadera pero a mí me alcanza recorrer su cuerpo
y besar la lisura de su abdomen. Sin centro ni márgenes. Es un
cuerpo sin dobleces. Puedo empezar a amarlo desde cualquier sitio porque
está inevitablemente desnortado.
Sin recuerdos y con la creencia de que solo nace cada vez que nos amamos.
Marta Urtasun
Sursum
corda
Hoy en día
ya no se puede hacer nada bajo cuerda: las cuerdas vienen muy finas y
hay quienes se enteran de todo lo que está ocurriendo. Cuerdas
eran las de antes, que venían tupidas, y no las de ahora, cuerdas
flojas. Y así estamos, ¿vio? Bailando en la cuerda floja
y digo vio no por caer en un vicio verbal caro a mis compatriotas sino
porque seguramente usted lo debe de haber visto si bien no lo ha notado.
Todos bailamos en la cuerda floja y se lo siente en las calles aunque
uno a veces crea que es culpa de los baches. Y ese ligero mareo que suele
aquejarnos y que atribuimos al exceso de vino en las comidas, no; la cuerda
floja. Y el brusco desviarse de los automovilistas o el barquinazo del
colectivero, provocado por lo mismo, pero como uno se acostumbra a todo
también esto nos parece natural ahora. Sobre la cuerda floja sin
poder hacer nada bajo cuerda.
Alegrémonos mientras las cosas no se pongan más espesas
y nos encontremos todos con la soga al cuello.
Luisa Valenzuela
El
cuento de los anteojos
Todas las cosas de este mundo suelen aparecer de una manera y ser, en
el fondo, de otra. En el cine, parece que las imágenes se mueven
y, sin embargo apenas ocurre que el tipo sigue viendo lo que ya pasó,
mientras está pasando otra cosa... A veces, eso ocurre fuera del
cine también, pero lo importante es que si no existiera esa llamada
“persistencia de la imagen en la retina”, vale decir, si el
tipo tuviera la vista bien..., el invento del cinematógrafo habría
sido imposible. También el popular “titilar” de las
estrellas- que debiera decirse “escintilar”- responde a un
defecto de la vista del tipo. Si el tipo viera bien, el mundo sería
de otra manera. O si se diera cuenta de que ve mal. El tipo suple; a veces,
la siempre secreta ineptitud de sus órganos, con la Lógica.
Y empeora las cosas. Recordamos el caso del señor que no encontraba
los anteojos. Y admitió, en seguida, dos posibilidades:
- O me los han robado, o los he perdido.
Acto continuo, se puso a razonar.
- Pero como mis anteojos carecían de un valor que pudiese haberle
hecho concebir al ladrón la esperanza de venderlos, tengo que llegar
a la conclusión de que el que me robó los anteojos me los
robó para usarlos él. Sin embargo, quien necesite unos anteojos
como los míos, sin anteojos no ve. Yo no veo sin anteojos. De manera
que, ¿cómo pudo, entonces, ver mis anteojos para robármelos?-.
Descartó la hipótesis del robo.
- Debo suponer, entonces, que los he perdido. Pero yo únicamente
puedo decir que he perdido mis anteojos, después de comprobar que
no están en el sitio o los sitios donde suelo guardarlos. Pero
para yo “ver” que mis anteojos no están tengo que tener
mis anteojos puestos, por cuanto, sin anteojos, no veo.
¡Y pensar que a veces el tipo es pesimista! No comprende que si
las cosas no se arreglaran- siempre y solas- el mundo ya habría
terminado hace... No: el mundo no hubiese podido existir.
Wimpi
La
obra maestra
El mono agarró un tronco de árbol, lo subió hasta
el más alto pico de una sierra, lo dejo allí, y cuando bajo
al llano, explicó a los demás animales:
- ¿Ven aquello que está allá? ¡Es una estatua,
una obra maestra! La hice yo.
Y los animales, mirando aquello que veían allá en lo alto,
sin distinguir bien que fuere, comenzaron a repetir que aquello era una
obra maestra. Y todos admiraron al mono como a un gran artista. Todos
menos el cóndor, porque el cóndor era el único que
podía volar hasta el pico de la sierra y ver que aquello sólo
era un viejo tronco de árbol. Dijo a muchos lo que había
visto; pero ninguno creyó al cóndor, porque es natural en
el ser que camina no crea al que vuela.
Álvaro Yunque
Don
Vicente el zapatero
Don Vicente, el zapatero de mi barrio, era todo un filósofo. Escucharlo
hablar sentado en su pequeño taburete, rodeado de cueros, pegamentos
y tinturas era un placer. Dominaba perfectamente a los antiguos, sentía
profundamente la duda cartesiana, admiraba la vitalidad de Voltaire, desentrañaba
los oscuros vericuetos de Hegel, palpitaba con la fuerza de Unamuno, se
angustiaba con Sartre, comulgaba con Levi Strauss, leía atentamente
a Lacán, pero, eso sí, no hacía una media suela bien
ni por puta.
Santiago Varela
El
Camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse
En un país muy remoto, en plena Selva, se presentó hace
muchos años un tiempo malo en el que el Camaleón, a quien
le había dado por la política, entró en un estado
de total desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra,
se habían enterado de sus artimañas y empezaron a contrarrestarlas
llevando día y noche en los bolsillos juegos de diversos vidrios
de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía, de manera
que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento
necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban rápidamente un cristal
rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba
siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como Camaleón
azul; y cuando estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía
anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo
tal cual.
Esto sólo en cuanto a los colores primarios, pues el método
se generalizó tanto que con el tiempo no había ya quien
no llevara consigo un equipo completo de cristales para aquellos casos
en que el mañoso se tornaba simplemente grisáceo, o verdiazul,
o de cualquier color más o menos indefinido, para dar el cual eran
necesarias tres, cuatro o cinco superposiciones de cristales.
Pero lo bueno fue que el Camaleón, considerando que todos eran
de su condición, adoptó también el sistema.
Entonces era cosa de verlos a todos en las calles sacando y alternando
cristales a medida que cambiaban de colores, según el clima político
o las opiniones políticas prevalecientes ese día de la semana
o a esa hora del día o de la noche.
Como es fácil comprender, esto se convirtió en una especie
de peligrosa confusión de las lenguas; pero pronto los más
listos se dieron cuenta de que aquello sería la ruina general si
no se reglamentaba de alguna manera, a menos de que todos estuvieran dispuestos
a ser cegados y perdidos definitivamente por los dioses, y restablecieron
el orden.
Además de lo estatuido por el Reglamento que se redactó
con ese fin, el derecho consuetudinario fijó por su parte reglas
de refinada urbanidad, según las cuales, si alguno carecía
de un vidrio de determinado color urgente para disfrazarse o para descubrir
el verdadero color de alguien, podía recurrir inclusive a sus propios
enemigos para que se lo prestaran, de acuerdo con su necesidad del momento,
como sucedía entre las naciones más civilizadas.
Sólo el León que por entonces era el Presidente de la Selva
se reía de unos y de otros, aunque a veces socarronamente jugaba
también un poco a lo suyo, por divertirse.
De esa época viene el dicho de que todo Camaleón es según
el color del cristal con que se mira.
Augusto Monterroso
Tres
cocineros y un huevo frito
Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le dice:
“Atiéndeme ese huevo frito; debe ser así: no muy pasado,
regular sal, sin vinagre”; pero a este segundo viene su mujer a
decir que le han robado la cartera, por lo que se dirige al tercero: “Por
favor, atiéndeme este huevo frito que me encargó Nicolás
y deber ser así y así” y parte a ver cómo le
habían robado a su mujer.
Como el primer cocinero no llega, el huevo está hecho y no se sabe
a quién servirlo; se le encarga entonces al mensajero llevarlo
al mozo que lo pidió, previa averiguación del caso; pero
el mozo no aparece y el huevo en tanto se enfría y marchita. Después
de molestar con preguntas a todos los clientes del hotel se da con el
que había pedido el huevo frito. El cliente mira detenidamente,
saborea, compara con sus recuerdos y dice que en su vida ha comido un
huevo frito más delicioso, más perfectamente hecho.
Como el gran jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios
llega a saber todo lo que había pasado y conoce los encomios, resuelve:
cambiar el nombre del hotel (pues el cliente se había retirado
haciéndole gran propaganda) llamándolo Hotel de los 3 Cocineros
y 1 Huevo Frito, y estatuye en las reglas culinarias que todo huevo frito
debe ser en una tercera parte trabajado por un diferente cocinero.
Macedonio Fernández
Último
piso
El hombre cansado sube al ascensor. Es una vieja jaula de hierro. El ascensorista
viste un uniforme rojo. Aunque lo ha cuidado tanto como ha podido, se
nota los remiendos, la tela gastada, el brillo perdido de los botones.
- Último piso- indica el pasajero. El ascensorista se había
adelantado y ya había hecho arrancar el ascensor.
- ¿Cómo andan las cosas allá afuera?
¿Llueve? —pregunta el ascensorista.
El pasajero mira su impermeable, como si ya no le perteneciera
del todo.
- Si, llovió en algún momento del día.
- Extraño la lluvia.
- ¿Hace mucho tiempo que trabaja aquí?
- Desde siempre.
- ¿No es un trabajo aburrido?
- No tanto. Hablo con los pasajeros. Me cuentan sus vidas.
Es como si viviera un poco yo también.
- El viaje es corto. No hay tiempo para hablar mucho.
- Con una frase, o una palabra, a veces basta. Otros se
quedan callados, y también eso es suficiente para mí.
Los dos hombres guardan silencio por algunos segundos.
Apenas se oye el zumbido.
- Déjeme un recuerdo, si no es una impertinencia.
El hombre busca en los bolsillos. Encuentra un reloj al
que se le ha roto la correa de cuero.
- Gracias. Lo conservaré, aunque no miro nunca
la hora.
El pasajero siente alivio por haberse sacado el reloj
de encima.
- Estamos por llegar- dice el ascensorista-. Ah, le aviso,
el timbre no funciona, verá una puerta grande, de bronce.
Golpee hasta que le abran.
El pasajero
se aleja de la puerta de reja del ascensor. Ahora no parece tan convencido
de querer bajar.
El ascensorista reconoce, por el ruido de la máquina, que se acercan
al último piso. Se despide:
- No se desanime si tiene que esperar. Siempre terminan
por abrir.
Pablo De Santis
La
araucaria
El padre
Larsen bajó de la mula cuando ésta se negó a trepar
por la calle empinada del villorrio.
Vestía una sotana que había sido negra y ahora se inclinaba
decidida a un verde botella, hijo de los años y de la indiferencia.
Continuó a pie, deteniéndose cada media cuadra para respirar
con la boca entreabierto y diciéndose que debía dejar de
fumar. Con la pequeña maleta negra que contenía lo necesario
para salvar las almas que estaban a punto de apartarse del cuerpo y huir
del sufrimiento y la inmediata podredumbre.
No lo precedía un monaguillo con una campanilla, nadie agitaba
una vinagrera, nadie rezaba salvo él durante cada descanso.
La pequeña
casa pintada de un sucio blanco estaba emparedada por otras dos, casi
iguales y las tres se habrían al camino de tierra dura por puertas
hostiles y estrechas.
Le abrió
un hombre de años indiscernibles con alpargatas y bombachones blancos.
Se persigno y dijo:
- Por aquí,
padre.
Larsen sintió
la frescura de la pieza encalada y casi olvidó el sol agresivo
de las calles mal hechas.
Ahora estaba
en una habitación pobre de muebles; en una cama matrimonial una
mujer se retorcía y variaba
del llanto a la risa desafiante. Después llegaron palabras, frases
incomprensibles que atravesaban el silencio, la momentánea quietud
del sol, buscando llegar a las sombras que se había aproximado.
Un silencio,
un mal olor persistente, y de pronto la mujer agonizante trató
de levantar la cabeza; lloraba y reía. Se aquietó y dijo:
- Quiero
saber si usted es cura.
- Larsen
paseó las manos por la sotana para mostrarla, para saber él
mismo que seguía enfundado en ella. Mostró al aire- porque
ella tenía muy abiertos los ojos y solo miraba la pared opuesta
a su muerte- mostró estampas de bruscos colores desleídos,
medallas pequeñas de plomo, achatadas por los años, serenas
algunas, trágicas otras con desnudos corazones asomando exagerados
en pechos abierto.
Y de pronto
la mujer gritó el principio de la confesión salvadora. El
padre la recuerda así:
- Con mi
hermano desde mis trece años, él era mayor, jodíamos
toda la tarde de primavera y veraneo al lado de la acequia debajo de la
araucaria y sólo Dios sabe quién empezó o si nos
vino la inspiración en conjunto. Y jodíamos y jodíamos
porque, aunque tenga cara de santo termina y vuelve y no se cansa nunca
y dígame que más quería yo.
El hermano
se apartó de la pared, dijo no con la cabeza y adelantó
una mano hacía la boca de su hermana pero el cura lo detuvo y susurró:
- Déjala
mentir, deja que se alivie. Dios escucha y juzga.
Aquellas
palabras habían agregado muy poco a su colección. Tenía
ya varios incestos, inevitables en el poblacho despojados de hombres que
se llevó la guerra o la miseria; pero tal vez ninguno tan tenaz
y reiterados, casi matrimonial. Quería saber más y murmuró
convincente: “es la vida, el mundo, la carne, hija mía”.
Ahora ella
volvía a dilatar los ojos perdiéndose en la pausa protectora
de la pared encalada. Volvió a reír y a llorar sin lágrimas
como si llanto y risa fueran sonidos de palabras y graves confidencias.
Larsen supo que no estaba moribunda ni se burlaba. Estaba loca y el hermano,
si era el hermano, vigilaba su locura con una rígida cara de madera.
Equivocándose,
ordenó padrenuestros y avemarías y, como en el pasado vaciló
con el viejo asco mientras se inclinaba para bendecir la cabeza de pelo
húmedo y entreverado; no pudo ni quiso besarle la frente.
Oyó
mientras salía guiado por el impasible hermano:
- Cuando
otra vez me vaya a morir, lo llamo y le cuento lo del caballo y la sillita
de ordeñar. Él me ayudó, pero nada.
En la calle
bajo la blancura empecinada del sol, la mula restregaba el hocico en las
piedras buscando, en vano, mordisquear.
Al regreso,
de retorno al corral, la bestia trotó dócil y apresurada
mientras el padre Larsen, sin abrir el quitasol rojo, hacía balance
de lo obtenido y aguardaba, esperanzado, a que llegara la segunda agonía
de la mujer.
El padre
Larsen buscó sin encontrar ninguna araucaria.
Juan
Carlos Onetti
Incendio
en el cuerpo de bomberos
El incendio que se declaró en el Cuerpo de Bomberos no pudo ser
sofocado debido a que al personal, que no tenía experiencia de
un hecho semejante, le pareció que aunque tenían el fuego
ante los ojos, éste era imposible en razón de la naturaleza
del Cuerpo y de su función.
Entonces, mientras la alarma sonaba enloquecida, se quedaron
de brazos cruzados hasta ser consumidos por llamas gigantescas.
La no existencia, por definición, de bomberos para
bomberos, favoreció notablemente el desarrollo del evento.
Daniel
Moyano
El
Hombre Muerto
La aldeíta donde nos detuvimos
con nuestros carros, después de efectuar por largo tiempo una mensura
en el despoblado, contaba con un loco singular, cuya demencia consistía
en creerse muerto.
Había llegado allí varios meses atrás, sin querer
referir su procedencia, y pidiendo con encarecimiento desesperado que
le consideraran difunto.
De más está decir que nadie pudo deferir a su deseo; por
más que muchos, ante su desesperación, simularan y aquello
no hacía sino multiplicar sus padecimientos.
No dejó de presentarse ante nosotros, tan pronto como hubimos llegado,
para imploramos con una desolada resignación, que positivamente
daba lástima, la imposible creencia. Así lo hacía
con los viajeros que, de tarde en tarde, pasaban por el lugarejo.
Era un tipo extraordinariamente flaco, de barba amarillosa, envuelto en
andrajos, un demente cualquiera; pero el agrimensor resultó afecto
al alienismo, y no desperdició la ocasión de interrogar
al curioso personaje. Éste se dio cuenta, acto continuo, de lo
que mi amigo se proponía, y abrevió preámbulos con
una nitidez de expresión, por todos conceptos discorde con su catadura.
-Pero yo no soy loco -dijo con una notable calma, que mal velaba, no obstante,
su doloroso pesimismo-. Yo no soy loco, y estoy muerto, efectivamente,
hace treinta años. Claro. ¿Para qué me morí?
Mi amigo me guiñó disimuladamente. Aquello prometía.
-Soy nativo de tal punto, me llamo Fulano de Tal, tengo familia allá...
(Por mi parte, callo estas referencias, pues no quiero molestar a personas
vivientes y próximas.)
-Padecía de desmayos, tan semejantes a la muerte, que después
de alarmar hasta el espanto, concluyeron por infundir a todos la convicción
de que yo no moriría de eso. Unos doctores lo certificaron con
toda su ciencia. Parece que tenía la solitaria.
"Cierta vez, sin embargo, en uno de esos desmayos, me quedé.
Y aquí empieza la historia de mi tormento; de mi locura...
"La incredulidad unánime de todos, respecto a mi muerte, no
me dejaba morir. Ante la naturaleza, yo estaba y estoy muerto. Mas para
que esto sea humanamente efectivo, necesito una voluntad que difiera.
Una sola.
"Volví de mi desmayo por hábito material de volver;
pero yo como ser pensante, yo como entidad, no existo. Y no hay lengua
humana que alcance a describir esta tortura. La sed de la nada es una
cosa horrible."
Decía aquello sencillamente, con un acento tal de verdad, que daba
miedo.
-¡La sed de la nada! Y lo peor es que no puedo dormir. ¡Treinta
años despierto! ¡Treinta años en eterna presencia
ante las cosas y ante mi no ser!
En la aldea habían concluido por saber aquello de memoria. Pasaron
a ser vulgares sus reiteradas tentativas para obligarlos a creer en su
muerte. Tenía la costumbre de dormir entre cuatro velas. Pasaba
largas horas inmóvil en medio del campo, con la cara cubierta de
tierra.
Tales narraciones nos interesaron en extremo; mas cuando nos disponíamos
a metodizar nuestra observación, sobrevino un desenlace inesperado.
Dos peones que debían alcanzarnos en aquel punto, arribaron la
noche del tercer día con varias mulas rezagadas.
No los sentimos llegar, dormidos como estábamos, cuando de pronto
nos despertaron sus gritos. He aquí lo que había sucedido.
El loco dormía en la cocina de nuestro albergue, o aparentaba dormir
entre sus velas habituales -la única limosna que nos había
aceptado.
No mediaban dos metros entre la puerta donde se detuvieron cohibidos por
aquel espectáculo, y el simulador. Una manta le cubría hasta
el pecho. Sus pies aparecían por el otro extremo.
-¡Un muerto! -balbucearon casi en un tiempo. Habían creído
en la realidad.
Oyeron algo parecido al soplo mate de un odre que se desinfla. La manta
se aplastó como si nada hubiera debajo, al paso que las partes
visibles -cabeza y pies- trocáronse bruscamente en esqueleto.
El grito que lanzaron púsonos en dos saltos ante el jergón.
Tiramos de la manta con un erizamiento mortal.
Allá, entre los harapos, reposaban sin el más mínimo
rastro de humedad, sin la más mínima partícula de
carne, huesos viejísimos a los cuales adhería un pellejo
reseco.
Leopoldo Lugones
Recomendaciones
a Sebastián para la compra de un espejo
Mire, Sebastián,
es en la calle Juncal. Venga, acérquese; voy a decirle el número
al oído -es mejor que nadie lo sepa, hay secretos que conviene
guardar muy bien-. Bueno. Usted entra en la boutique y pregunta por la
señora Hipólita. Le dirán que no está. Pero
no se aflija, Sebastián. Sugiera que va de parte de mistress Murphy
y ponga cara de inteligente. Le harán un gesto de complicidad y
lo llevarán a la trastienda. Abrirán una puertecita escondida
entre los brillantes vestidos que cuelgan, inmóviles pero vivos,
de una increíble cantidad de perchas doradas. Podrá entonces
ingresar al cuarto de los espejos. La señora Hipólita, que
adora a los muchachos desgarbados como usted, le ofrecerá un cigarrillo.
Acéptelo, Sebastián, acéptelo y aspírelo con
delectación, porque sin duda será un cigarrillo egipcio
con una pizquita de opio. Después contemple atentamente la colección
de espejos, emitiendo de vez en cuando una interjección oportuna
y discreta.
Nada de exclamaciones altisonantes, a pesar del asombro. Y tenga en cuenta
que en ningún momento hay que pronunciar la palabra "mágico",
porque se supone que usted ya sabe que todos los espejos lo son, y en
especial los de la señora Hipólita.
Fíjese en ése, Sebastián. Sí, en ése,
el ovalado con marco de plata. Todos los días, a las seis de la
tarde, refleja a Rachel en su estupenda interpretación de "Phédre".
Es magnífico, ¿eh? O aquel otro, tan profundo en el misterio
de si azogue, tan rico en las volutas rococó que lo rodean. No
niego que es maravilloso. Pero no se lo aconsejo, porque al sonar las
doce campanadas de la medianoche muestra a un oficial de húsares
de Grodno asesinado por su novia vampiro. ¡Brrr! Mejor es el que
está a su derecha; menos morboso y sumamente eficiente. Hasta educativo:
imagínese: a las seis de la mañana deja ver a las damas
mendocinas bordando una bandera. Es un espejo quizás demasiado
madrugador, claro, pero tan patriótico como un discurso de fiesta
cívica. En fin... hay que reconocer que la señora Hipólita
tiene una colección fabulosa. Espejos teatrales, pasionales, históricos...
También tiene los que reflejan el futuro, pero solo los muestra
previa presentación del certificado de buena salud, porque una
vez tuvo problemas con el profesor N. El pobre era cardíaco y...
bueno, usted sabe el resto, salió en todos los diarios.
Lo importante es que usted, Sebastián, puede comprar el espejo
que más le interese. Los precios son exorbitantes, es cierto, pero
no cualquiera puede darse el lujo de poseer cosas así. Además,
si sonríe usted como lo está haciendo justamente ahora,
no dudo que la señora Hipólita le hará una rebaja
o le dará felicidades. Es una mujer muy tierna, muy sensible, muy
maternal a veces. Aunque tan arrugada que... pero eso no viene al caso.
Elija el espejo que prefiera. Deje su dirección, y mañana
mismo lo enviarán a su casa. ¿Un consejo? No lo coloque
en el living ni en el escritorio ni en ningún lugar por donde pase
mucha gente, porque sus amigos son muy convencionales, muy burgueses,
y el espejo puede reflejar algo irritante, impropio para la gente decente.
Suponga que se le ocurra comprar el espejo de Paolo y Francesca...
¿Qué diría su abuelita materna, Sebastián,
que va a misa todos los domingos? No, hay que tener cuidado, hay que ser
respetuoso de las convicciones y de la moral de los demás. Yo le
sugeriría (y perdóneme el atrevimiento), que ponga el espejo
en el altillo, con otros trastos viejos. Más todavía: que
lo cubra con algún paño opaco. Y otra cosa aún, la
más importante de todas: con los espejos de la señora Hipólita
es imprescindible ser puntual. Puntualísimo. Si no llega usted
a la hora exacta, no verá el espectáculo. Ni Rachel declamando,
ni húsar sangrando, ni damas mendocinas bordando, ni Paolo y Francesca
fornicando (perdón otra vez, hay palabras que realmente no suenan
muy bien). Si llega tarde sólo verá su propia cara, la misma
de siempre, Sebastián, tan angulosa, tan mística. Pero eso
es lo de menos. Lo grave sucede cuando la curiosidad lo impulsa a apurarse
y lo obliga a llegar demasiado temprano, para averiguar cómo prepara
el espejo su "mise en scène". Eso puede ser fatal, porque
los espejos no toleran la curiosidad. Y sucederá que, al arrancar
el paño que lo cubre y enfrentarlo, se encontrará usted
con que está vacío, con que no refleja nada, con que su
imagen en el espejo no existe y por lo tanto, claro, usted tampoco. Es
una platónica verdad. Al no verse en el espejo, sin duda se llevará
usted las manos a la cabeza, en un gesto de terror y asombro. Pero como
usted no existe, descubrirá que no tiene manos ni cabeza. Intentará
salir corriendo pero tampoco le será posible, pobre Sebastián,
pues tampoco tendrá piernas. Y se quedará por siempre allí,
atrapado en un espejo vacío que alguna vez retornará a la
colección de la eterna señora Hipólita y reflejará,
para otro cliente como usted, joven y desgarbado, la imagen ascética
de Sebastián, oh Sebastián pálido de terror, sólo
durante un minuto y a la hora en que se pone el sol.
Eduardo
Gudiño Kieffer
Emma
Zunz
El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica
de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguánuna
carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había
muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego,
la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas
querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier
había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había
fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero
de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de
Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la
hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar
en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad,
de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente.
Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil
porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido
en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel
y se fue asucuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón,
como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había
empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día
del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices
fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay,
recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la
casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos
losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el
oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el
desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba)
que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón
era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de
la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916,
guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera
a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana
incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo
entre ella y el ausente.
Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de
ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió
el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró
que ese día, que le pareció interminable, fuera como los
otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró,
como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo,
fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron;
tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar
las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con
la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo
irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y
nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve
años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi
patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas
legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó
a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince,
la víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no
la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin.
Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas
alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa
que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del
dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó
que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga
y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la
voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho
memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta
las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del
paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló,
cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que
la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía,
sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada,
se levantó y corrió al cajón de la cómoda.
Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había
dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla
visto; la empezó a leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil
y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad,
un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez.
¿Cómo hacer verosímil una acción en la que
casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve
caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía
por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto.
Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada
por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable
es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente
recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos
de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno,
muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó
por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la
pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta
y después a un turbio zaguán y después a una escalera
tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había
una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús)
y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró.
Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el
pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen
consecutivas las partes que los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de
sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en
el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó
una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito.
Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a
su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó
con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo.
El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una
herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella
sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó
sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba
el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó
y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero
es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas
lo hizo.
Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió
en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban,
pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En
el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo
se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió
a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el
asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá
le confortó verificar, en el insípido trajín de las
calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó
por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos
en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente
su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse
en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos
íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica,
solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones;
en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón
de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había
llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su
mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero
era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía
menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía
tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar
bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado,
de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana,
el informe confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito)
y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo
cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como
los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia
que el señor Loewenthal oiría antes de morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la
madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo
el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable
culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría
a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino
por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.)
Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de
Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a
su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello.
No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra.
Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada,
tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer
de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos
nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el
temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua.
Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente,
volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón
el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable
cuerpo se desplomó como si los estampi-dos y el humo lo hubieran
roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro
y cólera, la boca de la cara la injurió en español
y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer
fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar,
y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos
y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación
que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán
castigar...”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal
ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar.
Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver,
le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero.
Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces
repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa
que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con
el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque
sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero
el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que
había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la
hora y uno o dos nombres propios.
Jorge Luis Borges
La
escopeta
No era noche cerrada cuando estiré
el brazo para encender la lámpara sobre la mesa. Era necesario
que terminara de escribir mi artículo antes del alba y correr para
echarlo al buzón y esperar acurrucado que volviera el cartero entre
la bruma que el amanecer iba castigando con látigo del color exacto
de la sangre fresca y brillante. Volvía muy gordo y tranquilo trayéndome
el cheque mensual y era necesario apurarse y no fue más que encender
la luz y oír el ruido de alguien tratando de forzar la cerradura
y alrededor de mí la soledad de la aldea desierta, inmovilizada
por la luna vertical justo en el centro geométrico del mundo tan
inmenso con tantos millones de camas donde balbuceaban sus sueños
personas diversas y dormidas, cada una con un hilo de baba rozando las
mejillas y estirándose con dibujos raros en la blancura de las
almohadas. Hasta que salté y me puse a un costado de la puerta
preguntando muchas veces con un ritmo invariable quién es, qué
quiere, qué busca.
Y un silencio y el forcejeo rodeó la casita y continuó trabajando
en una de las ventanas no recuerdo cual, impulsándome en dos movimientos
sucesivos, casi sin pausa, a matar con la palma de la mano la luz de la
mesa y abrir el armario para sacar la escopeta y luego caminando de una
ventana a otra y de una ventana a la puerta, según variaban los
ruidos del ladrón, siempre preguntando hasta la ronquera qué
busca, haciendo girar la escopeta, oliendo crecer desde el pecho y las
axilas el olor tenebroso del miedo y la fatalidad.
Después de una pausa y un pequeño ruido de papeles, el hombre
de la baba blanca habló detrás de mi nuca.
Su voz era átona:
-Este sí que es fácil. Un sueño elemental. Hasta
un niño podría interpretarlo. Yo soy el ladrón que
busca saber, entrar en su ego. ¿Por qué tanto miedo?
Juan
Carlos Onetti
Sin
Mañana
Lo molesto
ocurre al comienzo. Los familiares alborotan todo en el preciso momento
que uno ansía y alcanza la tranquilidad. Felizmente en ese mismo
instante nos separa de la vida un velo de apretada trama y un cristal
más duro que el acero. Desde el otro lado contemplamos las últimas
imágenes de, la vida, que se desvanecen como sombras y humo. Un
fogonazo gris se traga a los que lloran y rezan. Ya estoy muerto y mi
última imagen del mundo de los vivos es la de ese joven desconocido
que vi asomado en la puerta de mi dormitorio.
Simplemente un intruso que miró con ansiedad y conmiseración
al moribundo. Ese gesto se instala en mí, se identifica conmigo.
Comprendo que ese desconocido que me observa detrás de toda mi
familia soy yo mismo.
Es él quien siempre me siguió paso a paso, y me espió
día y noche. Ahora se instala en mí. En el momento de morir
soy como un guante vacío, que se inmoviliza y enfría. Entonces
una mano se introduce para darle nueva vida. Ya no somos dos, sino uno
solo. Ahora soy ese otro que nunca conocí. Y ya es tarde para encontrarle
cualquier semejanza. Lo tengo dentro de mí. No tiene rostro. Yo
tampoco lo tengo. Estamos uno dentro del otro. Tensos y reposados, esperamos
la partida. Igual que en un avión. A través del duro cristal
y del tupido velo observamos las sombras del mundo de los vivos. Siguen
acumulando flores, llantos, palabras y más palabra. Yo veo a través
de los ojos del otro, y el otro mira a través de mis ojos. A ambos
nos sorprende esa desesperada e inútil dispersión de gestos
y más gestos. Me domina el orgullo de estar muerto y creo que la
expresión de mi máscara no lo disimula.
En esta última espera me acompañan jirones de recuerdos.
Surgen como pantallazos en blanco y negro.
Pues detrás del apretado velo y el duro cristal dejamos colores
y sonidos. Ahora las imágenes son esencias y símbolos: no
necesitan palabras. Podemos saltar con la velocidad de la luz y alcanzar
cualquier imagen de las millones que dejamos como una estela en nuestro
paso por la tierra. Muchos muertos vuelan y de pronto quedan inmovilizados,
aferrados en el duro cristal que separa los dos mundos. Permanecen fascinados
ante una imagen, hasta que se desvanecen en ese espacio sin tiempo. Son
seres que no vivieron plenamente en la vida, y que tampoco se realizan
como muertos. Mientras me conducían al cementerio los he visto
debatiéndose como moscas contra el cristal que nos separa de los
vivos. También alcancé a ver los barrios opacos de mi ciudad,
el hormiguear de los hombres, el tedio de las calles iguales. Un recorrido
parecido al que se cumple para llegar al aeropuerto de Ezeiza, un paseo
aburrido que invita a viajar pronto y muy lejos.
A través del duro cristal me llegaba la confusa imagen de algún
rostro familiar. En especial mi mujer y mi madre trataban de traspasarlo.
Adiviné sus presencias, sin lograr verlas. Esto también
me hizo recordar el aeropuerto, cuando el avión se dispone a partir,
y los que quedaron se despiden agitando los pañuelos, pero ya sin
saber quienes son y a quienes saludan. Entonces la corta espera se hace
tan fastidiosa, hasta que el avión parte, o el ataúd es
depositado en la fosa, y al fin comienza el viaje, y se tiene la suerte
de hendir el mundo sobre el cielo y bajo la tierra.
Percibo una vibración intensa, como la de una turbina de avión.
Yo y el otro, los dos dentro del ataúd, iniciamos el viaje con
un arranque de inaudita velocidad. Ya estamos a muchos kilómetros
del espeso velo y el duro cristal. Atravesamos océanos, continentes,
mundos. No me separo de ese otro que llevo adentro. Imposible saber si
viajamos por el centro de la tierra o por los espacios cósmicos.
Hendimos las tinieblas en una línea recta, como un tren subterráneo
que nos llevase a las antípodas. A veces el viaje se matiza con
sorpresivas eclipses. Reconozco la curva ascendente del subte de Buenos
Aires al pasar la estación Alberti en la línea A, y vuelvo
a recorrer la línea D cuando se tuerce graciosamente entre Tribunales
y Callao. De repente iniciamos un recorrido vertical, y caemos como plomo
en un pozo que abarca el mundo entero.
No sé si el ataúd se deslizó un par de centímetros,
o bien terminábamos de recorrer años luces en la galería.
Lo cierto es que dominó la seguridad de haber llegado. Todo estaba
absurdamente quieto, como cuando despertamos en un tren y lo encontramos
detenido. Entonces me incorporé. Me resultó muy fácil
subir a la superficie.
Salgo a la luz y me encuentro en el cementerio. Ya no veo el velo espeso.
Comprendo que ese viaje cuya duración no puedo estimar me ha vuelto
a situar al otro lado del cristal. Ahora no sólo reconozco los
detalles de mi tumba, sino que a una distancia de cincuenta metros diviso
el regreso del cortejo que me acompañó hasta mi última
morada. Pero mi última morada es el universo que ahora crece y
también se empequeñece en nuevas dimensiones. De un solo
impulso estoy encima del cortejo. Los contemplo uno a uno: insignificantes
y lamentables como todos los vivientes.
Vuelo hasta mi casa, y ahí los sorprendo en mi velorio. Me molesta
el olor de las flores. Entro entonces en mi dormitorio y allí estoy
agonizando. Salgo a la calle y me veo andando en mi último paseo.
¡Cómo estoy avejentado! Nunca me di cuenta de ello. Salto
pues al parque de Palermo y me veo pedaleando en mi bicicleta de media-carrera.
¡Qué joven soy! Pero jamás tuve conciencia que era
joven. Nunca pensé en mí, sino en el maldito mañana.
¿Por qué? Se lo pregunto a quien llevo conmigo, y ese otro
me lo pregunta a mí. ¿Por qué? En la vida no hice
otra cosa que esperar mañana, ese cáncer del mundo de los
vivos. ¿Qué es el mañana? Se lo pregunto al otro,
lo grito al viento, y el viento lo ulula al mundo. ¿Qué
era ese mañana que devoró mi vida? Aquí nadie lo
sabe. ¡No existe mañana en el mundo de los muertos! Solamente
hay un presente tenso como un cable de acero que sujeta todo el universo.
Ahora me resulta fácil conocer el pasado, esa secreción
de los hombres, una baba ligeramente fosforescente que dejan en su arrastrada
y engañosa marcha. No necesito escuchar sus voces. Veo por transparencia
como los muerde la angustia del tiempo. Realmente no deseo reencarnarme
en ninguno de esos desdichados. Prefiero elegir a uno para liberarlo de
ese maldito mañana, un guante vacío donde introducirme,
y conmigo ese otro, que a su vez lleva otro y otro dentro de sí,
seres que nunca nos conocimos en el Reino de la Dispersión y somos
Uno en el negro diamante del presente infinito.
Bernardo
Kordon
Una
historia para pensar
Cuando la
conocí tenía 16 años.
Fuimos presentados en una fiesta, por un "CHICO" que decia ser
mi amigo.
Fue amor a primera vista.
Ella me enloquecía.
Nuestro amor llegó a un punto, que ya no conseguía vivir
sin ella.
Pero era un amor prohibido.
Mis padres no la aceptaron.
Fui expulsado del colegio y empezamos a encontrarnos a escondidas.
Pero ahí no aguanté mas, me volví loco.
Yo la quería, pero no la tenía.
Yo no podía permitir que me apartaran de ella.
Yo la amaba: destrocé mi coche, rompí todo dentro de casa
y casi maté a mi hermana. Estaba loco, la necesitaba.
Hoy tengo 39 años; estoy internado en un hospital, soy inútil
y voy a morir abandonado por mis padres, por mis amigos y por ella.
¿Su nombre? Se llama Cocaína.
A ella le debo mi amor, mi vida, mi destrucción y mi muerte.
Freddie
Mercury
El
gato que caminaba solo
Sucedieron estos hechos que voy a contarte, oh, querido mío, cuando
los animales domésticos eran salvajes.
El Perro era salvaje, como lo eran también el Caballo, la Vaca,
la Oveja y el Cerdo, tan salvajes como pueda imaginarse, y vagaban por
la húmeda y salvaje espesura en compañía de sus salvajes
parientes; pero el más salvaje de todos los animales salvajes era
el Gato. El Gato caminaba solo y no le importaba estar aquí o allá.
También el Hombre era salvaje, claro está. Era terriblemente
salvaje. No comenzó a domesticarse hasta que conoció a la
Mujer y ella repudió su montaraz modo de vida. La Mujer escogió
para dormir una bonita cueva sin humedades en lugar de un montón
de hojas mojadas, y esparció arena limpia sobre el suelo, encendió
un buen fuego de leña al fondo de la cueva y colgó una piel
de Caballo Salvaje, con la cola hacia abajo, sobre la entrada; después
dijo:
-Límpiate
los pies antes de entrar; de ahora en adelante tendremos un hogar.
Esa noche,
querido mío, comieron Cordero Salvaje asado sobre piedras calientes
y sazonado con ajo y pimienta silvestres, y Pato Salvaje relleno de arroz
silvestre, y alholva y cilantro silvestres, y tuétano de Buey Salvaje,
y cerezas y granadillas silvestres. Luego, cuando el Hombre se durmió
más feliz que un niño delante de la hoguera, la Mujer se
sentó a cardar lana. Cogió un hueso del hombro de cordero,
la gran paletilla plana, contempló los portentosos signos que había
en él, arrojó más leña al fuego e hizo un
conjuro, el primer Conjuro Cantado del mundo.
En la húmeda
y salvaje espesura, los animales salvajes se congregaron en un lugar desde
donde se alcanzaba
a divisar desde muy lejos la luz del fuego y se preguntaron qué
podría significar aquello.
Entonces
Caballo Salvaje golpeó el suelo con la pezuña y dijo:
-Oh, amigos
y enemigos míos, ¿por qué han hecho esa luz tan grande
el Hombre y la Mujer en esa enorme cueva? ¿cómo nos perjudicará
a nosotros?
Perro Salvaje
alzó el morro, olfateó el aroma del asado de cordero y dijo:
-Voy a ir
allí, observaré todo y me enteraré de lo que sucede,
y me quedaré, porque creo que es algo bueno. Acompáñame,
Gato.
-¡
Ni hablar! -replicó el Gato-. Soy el Gato que camina solo y a quien
no le importa estar aquí o allá.
No pienso acompañarte.
-Entonces
nunca volveremos a ser amigos -apostilló Perro Salvaje, y se marchó
trotando hacia la cueva.
Pero cuando
el Perro se hubo alejado un corto trecho, el Gato se dijo a sí
mismo:
-Si no me
importa estar aquí o allá, ¿por qué no he
de ir allí para observarlo todo y enterarme de lo que sucede y
después marcharme?
De manera
que siguió al Perro con mucho, muchísimo sigilo, y se escondió
en un lugar desde donde podría oír todo lo que se dijera.
Cuando Perro
Salvaje llegó a la boca de la cueva, levantó ligeramente
la piel de Caballo con el morro y husmeó el maravilloso olor del
cordero asado. La Mujer lo oyó, se rió y dijo:
-Aquí
llega la primera criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué
deseas?
-Oh, enemiga
mía y esposa de mi enemigo, ¿qué es eso que tan buen
aroma desprende en la salvaje espesura? -preguntó Perro Salvaje.
Entonces
la Mujer cogió un hueso de cordero asado y se lo arrojó
a Perro Salvaje diciendo:
-Criatura
salvaje de la salvaje espesura, si ayudas a mi Hombre a cazar de día
y a vigilar esta cueva de noche, te daré tantos huesos asados como
quieras.
-¡Ah!
-exclamó el Gato al oírla-, esta Mujer es muy sabia, pero
no tan sabia como yo.
Perro Salvaje
entró a rastras en la cueva, recostó la cabeza en el regazo
de la Mujer y dijo:
-Oh, amiga
mía y esposa de mi amigo, ayudaré a tu Hombre a cazar durante
el día y de noche vigilaré vuestra cueva.
-¡Ah!
-repitió el Gato, que seguía escuchando-, este Perro es
un verdadero estúpido.
Y se alejó
por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin
otra compañía que su salvaje soledad. Pero no le contó
nada a nadie.
Al despertar
por la mañana, el Hombre exclamó:
-¿Qué
hace aquí Perro Salvaje?
-Ya no se
llama Perro Salvaje -lo corrigió la Mujer-, sino Primer Amigo,
porque va a ser nuestro amigo por los siglos de los siglos. Llévalo
contigo cuando salgas de caza.
La noche
siguiente la Mujer cortó grandes brazadas de hierba fresca de los
prados y las secó junto al fuego, de manera que olieran como heno
recién segado; luego tomó asiento a la entrada de la cueva
y trenzó una soga con una piel de caballo; después se quedó
mirando el hueso de hombro de cordero, la enorme paletilla, e hizo un
conjuro, el segundo Conjuro Cantado del mundo.
En la salvaje
espesura, los animales salvajes se preguntaban qué le habría
ocurrido a Perro Salvaje. Finalmente, Caballo Salvaje golpeó el
suelo con la pezuña y dijo:
-Iré
a ver por qué Perro Salvaje no ha regresado. Gato, acompáñame.
-¡Ni
hablar! -respondió el Gato-. Soy el Gato que camina solo y a quien
no le importa estar aquí o allá.
No pienso acompañarte.
Sin embargo,
siguió a Caballo Salvaje con mucho, muchísimo sigilo, y
se escondió en un lugar desde donde podría oír todo
lo que se dijera.
Cuando la
Mujer oyó a Caballo Salvaje dando traspiés y tropezando
con sus largas crines, se rió y dijo:
-Aquí
llega la segunda criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué
deseas?
-Oh, enemiga
mía y esposa de mi enemigo -respondió Caballo Salvaje-,
¿dónde está Perro Salvaje?
La Mujer
se rió, cogió la paletilla de cordero, la observó
y dijo:
-Criatura
salvaje de la salvaje espesura, no has venido buscando a Perro Salvaje,
sino porque te ha atraído esta hierba tan rica.
Y dando traspiés
y tropezando con sus largas crines, Caballo Salvaje dijo:
-Es cierto,
dame de comer de esa hierba.
-Criatura
salvaje de la salvaje espesura -repuso la Mujer-, inclina tu salvaje cabeza,
ponte esto que te voy a dar y podrás comer esta maravillosa hierba
tres veces al día.
-¡Ah!
-exclamó el Gato al oírla-, esta Mujer es muy lista, pero
no tan lista como yo.
Caballo Salvaje
inclinó su salvaje cabeza y la Mujer le colocó la trenzada
soga de piel en torno al cuello.
Caballo Salvaje relinchó a los pies de la Mujer y dijo:
-Oh, dueña
mía y esposa de mi dueño, seré tu servidor a cambio
de esa hierba maravillosa.
-¡Ah!
-repitió el Gato, que seguía escuchando-, ese Caballo es
un verdadero estúpido.
Y se alejó
por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin
otra compañía que su salvaje soledad.
Cuando el
Hombre y el Perro regresaron después de la caza, el Hombre preguntó:
-¿Qué
está haciendo aquí Caballo Salvaje?
-Ya no se
llama Caballo Salvaje -replicó la Mujer-, sino Primer Servidor,
porque nos llevará a su grupa de un lado a otro por los siglos
de los siglos. Llévalo contigo cuando vayas de caza.
Al día
siguiente, manteniendo su salvaje cabeza enhiesta para que sus salvajes
cuernos no se engancharan en los árboles silvestres, Vaca Salvaje
se aproximó a la cueva, y el Gato la siguió y se escondió
como lo había hecho en las ocasiones anteriores; y todo sucedió
de la misma forma que las otras veces; y el Gato repitió las mismas
cosas que había dicho antes, y cuando Vaca Salvaje prometió
darle su leche a la Mujer día tras día a cambio de aquella
hierba maravillosa, el Gato se alejó por la salvaje y húmeda
espesura, caminando solo como era su costumbre.
Y cuando
el Hombre, el Caballo y el Perro regresaron a casa después de cazar
y el Hombre formuló las mismas preguntas que en las ocasiones anteriores,
la Mujer dijo:
-Ya no se
llama Vaca Salvaje, sino Donante de Cosas Buenas. Nos dará su leche
blanca y tibia por los siglos de los siglos, y yo cuidaré de ella
mientras ustedes tres salen de caza.
Al día
siguiente, el Gato aguardó para ver si alguna otra criatura salvaje
se dirigía a la cueva, pero como nadie se movió, el Gato
fue allí solo, y vio a la Mujer ordeñando a la Vaca, y vio
la luz del fuego en la cueva, y olió el aroma de la leche blanca
y tibia.
-Oh, enemiga
mía y esposa de mi enemigo -dijo el Gato-, ¿a dónde
ha ido Vaca Salvaje?
La Mujer
rió y respondió:
-Criatura
salvaje de la salvaje espesura, regresa a los bosques de donde has venido,
porque ya he trenzado mi cabello y he guardado la paletilla, y no nos
hacen falta más amigos ni servidores en nuestra cueva.
-No soy un
amigo ni un servidor -replicó el Gato-. Soy el Gato que camina
solo y quiero entrar en tu cueva.
-¿Por
qué no viniste con Primer Amigo la primera noche? -preguntó
la Mujer.
-¿Ha
estado contando chismes sobre mí Perro Salvaje? -inquirió
el Gato, enfadado.
Entonces
la Mujer se rió y respondió:
-Eres el
Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
No eres un amigo ni un servidor.
Tú mismo lo has dicho. Márchate y camina solo por cualquier
lugar.
Fingiendo
estar compungido, el Gato dijo:
-¿Nunca
podré entrar en la cueva? ¿Nunca podré sentarme junto
a la cálida lumbre? ¿Nunca podré beber la leche blanca
y tibia? Eres muy sabia y muy hermosa. No deberías tratar con crueldad
ni siquiera a un gato.
-Que era
sabia no me era desconocido, mas hasta ahora no sabía que fuera
hermosa. Por eso voy a hacer un trato contigo. Si alguna vez te digo una
sola palabra de alabanza, podrás entrar en la cueva.
-¿Y
si me dices dos palabras de alabanza? -preguntó el Gato.
-Nunca las
diré -repuso la Mujer-, mas si te dijera dos palabras de alabanza,
podrías sentarte en la cueva junto al fuego.
-¿Y
si me dijeras tres palabras? -insistió el Gato.
-Nunca las
diré -replicó la Mujer-, pero si llegara a decirlas, podrías
beber leche blanca y tibia tres veces al día por los siglos de
los siglos.
Entonces
el Gato arqueó el lomo y dijo:
-Que la cortina
de la entrada de la cueva y el fuego del rincón del fondo y los
cántaros de leche que hay junto al fuego recuerden lo que ha dicho
mi enemiga y esposa de mi enemigo -y se alejó a través de
la salvaje y húmeda espesura meneando su salvaje rabo y andando
sin más compañía que su propia y salvaje soledad
Por la noche,
cuando el Hombre, el Caballo y el Perro volvieron a casa después
de la caza, la Mujer no les contó el trato que había hecho,
pensando que tal vez no les parecería bien.
El Gato se
fue lejos, muy lejos, y se escondió en la salvaje y húmeda
espesura sin más compañía que su salvaje soledad
durante largo tiempo, hasta que la Mujer se olvidó de él
por completo. Sólo el Murciélago, el pequeño Murciélago
Cabezabajo que colgaba del techo de la cueva sabía dónde
se había escondido el Gato y todas las noches volaba hasta allí
para transmitirle las últimas novedades.
Una noche
el Murciélago dijo:
-Hay un Bebé
en la cueva. Es una criatura recién nacida, rosada, rolliza y pequeña,
y a la Mujer le gusta mucho.
-Ah -dijo
el Gato, sin perderse una palabra-, pero ¿qué le gusta al
Bebé?
-Al Bebé
le gustan las cosas suaves que hacen cosquillas -respondió el Murciélago-.
Le gustan las cosas cálidas a las que puede abrazarse para dormir.
Le gusta que jueguen con él. Le gustan todas esas cosas.
-Ah -concluyó
el Gato-, entonces ha llegado mi hora.
La noche
siguiente, el Gato atravesó la salvaje y húmeda espesura
y se ocultó muy cerca de la cueva a la espera de que amaneciera.
Al alba, la mujer se afanaba en cocinar y el Bebé no cesaba de
llorar ni de interrumpirla; así que lo sacó fuera de la
cueva y le dio un puñado de piedrecitas para que jugara con ellas.
Pero el Bebé continuó llorando.
Entonces
el Gato extendió su almohadillada pata y le dio unas palmaditas
en la mejilla, y el Bebé hizo gorgoritos; luego el Gato se frotó
contra sus rechonchas rodillas y le hizo cosquillas con el rabo bajo la
regordeta barbilla. Y el Bebé rió; al oírlo, la Mujer
sonrío.
Entonces
el Murciélago, el pequeño Murciélago Cabezabajo que
estaba colgado a la entrada de la cueva dijo:
-Oh, anfitriona
mía, esposa de mi anfitrión y madre de mi anfitrión,
una criatura salvaje de la salvaje espesura está jugando con tu
Bebé y lo tiene encantado.
-Loada sea
esa criatura salvaje, quienquiera que sea -dijo la Mujer enderezando la
espalda-, porque esta mañana he estado muy ocupada y me ha prestado
un buen servicio.
En ese mismísimo
instante, querido mío, la piel de caballo que estaba colgada con
la cola hacia abajo a la entrada de la cueva cayó al suelo... ¡Cómo
así!... porque la cortina recordaba el trato, y cuando la Mujer
fue a recogerla... ¡hete aquí que el Gato estaba confortablemente
sentado dentro de la cueva!
-Oh, enemiga
mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-,
soy yo, porque has dicho una palabra elogiándome y ahora puedo
quedarme en la cueva por los siglos de los siglos. Mas sigo siendo el
Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
Muy enfadada,
la Mujer apretó los labios, cogió su rueca y comenzó
a hilar.
Pero el Bebé
rompió a llorar en cuanto el Gato se marchó; la Mujer no
logró apaciguarlo y él no cesó de revolverse ni de
patalear hasta que se le amorató el semblante.
-Oh, enemiga
mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-,
coge una hebra del hilo que estás hilando y átala al huso,
luego arrastra éste por el suelo y te enseñaré un
truco que hará que tu Bebé ría tan fuerte como ahora
está llorando.
-Voy a hacer
lo que me aconsejas -comentó la Mujer-, porque estoy a punto de
volverme loca, pero no pienso darte las gracias.
Ató
la hebra al pequeño y panzudo huso y empezó a arrastrarlo
por el suelo. El Gato se lanzó en su persecución, lo empujó
con las patas, dio una voltereta y lo tiró hacia atrás por
encima de su hombro; luego lo arrinconó entre sus patas traseras,
fingió que se le escapaba y volvió a abalanzarse sobre él.
Viéndole hacer estas cosas, el Bebé terminó por reír
tan fuerte como antes llorara, gateó en pos de su amigo y estuvo
retozando por toda la cueva hasta que, ya fatigado, se acomodó
para descabezar un sueño con el Gato en brazos.
-Ahora -dijo
el Gato- le voy a cantar A Bebé una canción que lo mantendrá
dormido durante una hora.
Y comenzó
a ronronear subiendo y bajando el tono hasta que el Bebé se quedó
profundamente dormido. contemplándolos, la Mujer sonrió
y dijo:
-Has hecho
una labor estupenda. No cabe duda de que eres muy listo, oh, Gato.
En ese preciso
instante, querido mío, el humo de la fogata que estaba encendida
al fondo de la cueva descendió desde el techo cubriéndolo
todo de negros nubarrones, porque el humo recordaba el trato, y cuando
se disipó, hete aquí que el Gato estaba cómodamente
sentado junto al fuego.
-Oh, enemiga
mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-,
aquí me tienes, porque me has elogiado por segunda vez y ahora
podré sentarme junto al cálido fuego del fondo de la cueva
por los siglos de los siglos. Pero sigo siendo el Gato que camina solo
y a quien no le importa estar aquí o allá.
Entonces
la Mujer se enfadó mucho, muchísimo, se soltó el
pelo, echó más leña al fuego, sacó la ancha
paletilla de cordero y comenzó a hacer un conjuro que le impediría
elogiar al Gato por tercera vez. No fue un Conjuro Cantado, querido mío,
sino un Conjuro Silencioso; y, poco a poco, en la cueva se hizo un silencio
tan profundo que un Ratoncito diminuto salió sigilosamente de un
rincón y echó a correr por el suelo.
-Oh, enemiga
mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-,
¿forma parte de tu conjuro ese Ratoncito?
-No -repuso
la Mujer, y, tirando la paletilla al suelo, se encaramó a un escabel
que había frente al fuego y se apresuró a recoger su melena
en una trenza por miedo a que el Ratoncito trepara por ella.
-¡Ah!
-exclamó el Gato, muy atento-, entonces ¿el Ratón
no me sentará mal si me lo zampo?
-No -contestó
la Mujer, trenzándose el pelo-; zámpatelo ahora mismo y
te quedaré eternamente agradecida.
El Gato dio
un salto y cayó sobre el Ratón.
-Un millón
de gracias, oh, Gato -dijo la Mujer-. Ni siquiera Primer Amigo es lo bastante
rápido para atrapar Ratoncitos como tú lo has hecho. Debes
de ser muy inteligente.
En ese preciso
instante, querido mío, el cántaro de leche que estaba junto
al fuego se partió en dos pedazos... ¿Cómo así?...
porque recordaba el trato, y cuando la Mujer bajó del escabel...
¡hete aquí que el Gato estaba bebiendo a lametazos la leche
blanca y tibia que quedaba en uno de los pedazos rotos!
-Oh, enemiga
mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-,
aquí me tienes, porque me has elogiado por tercera vez y ahora
podré beber leche blanca y tibia tres veces al día por los
siglos de los siglos. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien
no le importa estar aquí o allá.
Entonces
la Mujer rompió a reír, puso delante del Gato un cuenco
de leche blanca y tibia y comentó:
-Oh, Gato,
eres tan inteligente como un Hombre, pero recuerda que ni el Hombre ni
el Perro han participado en el trato y no sé qué harán
cuando regresen a casa.
-¿Y
a mi qué más me da? -exclamó el Gato-. Mientras tenga
un lugar reservado junto al fuego y leche para beber tres veces al día
me da igual lo que puedan hacer el Hombre o el Perro.
Aquella noche,
cuando el Hombre y el Perro entraron en la cueva, la Mujer les contó
de cabo a rabo la historia del acuerdo, y el Hombre dijo:
-Está
bien, pero el Gato no ha llegado a ningún acuerdo conmigo ni con
los Hombres cabales que me sucederán.
Se quitó
las dos botas de cuero, cogió su pequeña hacha de piedra
(y ya suman tres) y fue a buscar un trozo de madera y su cuchillo de hueso
(y ya suman cinco), y colocando en fila todos los objetos, prosiguió:
-Ahora vamos
a hacer un trato. Si cuando estás en la cueva no atrapas Ratones
por los siglos de los siglos, arrojaré contra ti estos cinco objetos
siempre que te vea y todos los Hombres cabales que me sucedan harán
lo mismo.
-Ah -dijo
la Mujer, muy atenta-. Este Gato es muy listo, pero no tan listo como
mi |